martes, 3 de agosto de 2010

5. LOS PRIMEROS SERES HUMANOS


Desde 1934 d. de J.C., retrocediendo al nacimiento de los primeros seres humanos, han pasado 993.419 años.

Estas dos notables criaturas fueron verdaderos seres humanos. Contaban con dedos pulgares perfectamente humanos, como los habían tenido muchos de sus antepasados, y tenían los pies tan perfectos como los de las razas humanas presentes. Caminaban y corrían, no trepaban; la función de asir con el dedo gordo del pie

había desaparecido completamente. Cuando el peligro les inducía a subirse a las copas de los árboles, trepaban tal como lo harían los humanos de hoy en día. Trepaban al tronco del árbol a manera de oso y no como lo haría un chimpancé o gorila, columpiándose de rama en rama.

Estos primeros seres humanos (y sus descendientes) alcanzaban la plena madurez a los doce años de edad y tenían una vida media potencial de unos setenta y cinco años.

Muchas emociones nuevas aparecieron tempranamente en estos gemelos humanos. Manifestaban admiración tanto por los objetos como por otros seres y exhibían considerable vanidad. Pero el adelanto más extraordinario en el desarrollo emocional fue la aparición repentina de un grupo de sentimientos nuevos que eran realmente humanos: el grupo dado a la adoración, que comprendía el pavor, la reverencia, la humildad, e incluso una forma primitiva de gratitud. El temor, junto con el desconocimiento de los fenómenos naturales, está a punto de dar a luz la religión primitiva.

No sólo se manifestaban tales sentimientos humanos en estos humanos primitivos, sino que también estaban presentes en forma rudimentaria muchos otros sentimientos altamente evolucionados. Conocían escasamente la compasión, la vergüenza, el reproche y tenían aguda conciencia del amor, el odio y la venganza, siendo susceptibles, además, a marcados sentimientos de celos.

Estos dos primeros humanos —los gemelos— fueron una gran tribulación para sus padres primates. Como eran tan curiosos y aventureros, estuvieron a punto de perder la vida en numerosas ocasiones, antes de cumplir los ocho años de edad. Así y todo, para los doce años de edad ya habían quedado bastante marcados con cicatrices.

Muy pronto aprendieron a practicar la comunicación verbal; a los diez años ya habían inventado y mejorado un lenguaje de señas y palabras de casi cincuenta ideas y habían mejorado y expandido considerablemente la torpe técnica de comunicación de sus antepasados. Pero por más que se esforzaran, no lograron enseñarles a sus padres sino unas pocos signos y símbolos nuevos.

Cuando contaban unos nueve años de edad, se fueron de viaje río abajo en un día claro y sostuvieron una conferencia de trascendental importancia. Todos los entes inteligentes celestiales estacionados en Urantia, yo inclusive, estábamos presentes en calidad de observadores de las transacciones de esta cita del mediodía. En este día significativo llegaron a convenir en que vivirían el uno con el otro y el uno por el otro, y éste fue el primero de una serie de tales convenios que, por fin, culminaron en la decisión de huir de sus compañeros animales inferiores y emprender un viaje hacia el norte, poco conociendo que, así, habrían de fundar la raza humana.

Aunque preocupados por lo que estos dos salvajes estaban proyectando, no teníamos el poder para controlar el funcionamiento de sus mentes; no influimos, ni podíamos influir, de forma arbitraria, sobre sus decisiones. Pero dentro de los límites permisibles de la función planetaria, nosotros, los Portadores de Vida, junto con nuestros asociados, todos conspiramos para guiar a los gemelos humanos hacia el norte, lejos de su pueblo peludo que moraba parcialmente en los árboles. De este modo, en virtud de su propia elección inteligente, los gemelos, en efecto, emigraron, y a causa de nuestra supervisión, emigraron hacia el norte a una región aislada donde escaparon la posibilidad de una degradación biológica mediante el cruce con sus parientes inferiores de las tribus de los primates.

Poco tiempo antes de su partida de su bosque natal, perdieron a su madre en un ataque de los gibones. Aunque no contó ella con la misma inteligencia que ellos, tenía por su prole un alto grado de afecto mamífero de orden superior; e impávidamente dio su vida para salvar a la pareja maravillosa. Tampoco fue en balde su sacrificio, pues resistió al enemigo hasta que llegó el padre con refuerzos y puso en fuga a los invasores.

Poco después de que esta pareja joven abandonara a sus compañeros para fundar la raza humana, se desconsoló su padre primate —estaba acongojadísimo. Se negó a comer, aun cuando sus otros hijos le llevaban la comida. Habiendo perdido a la brillante pareja, ya no le pareció que mereciera la pena vivir entre sus semejantes ordinarios; de modo que se fue a vagar al azar por el bosque y fue atacado por gibones hostiles que lo mataron a golpes.

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jueves, 29 de julio de 2010

6. LA LEY, LA LIBERTAD Y LA SOBERANÍA



El hombre que ansía la libertad, la libertad completa, debe recordar que todos los demás hombres también la anhelan. Los grupos de mortales amantes de la libertad, no pueden convivir en paz a menos que los integrantes se sometan a leyes, normas y reglamentaciones que garanticen el mismo grado de libertad para cada uno de ellos, salvaguardando al mismo tiempo igual grado de libertad para todos sus semejantes. Si un hombre es absolutamente libre, entonces otro habrá de ser un esclavo absoluto. La relativa naturaleza de la libertad es verdadera, social, económica y políticamente. La libertad es el don de la civilización, hecho posible por el vigor de la LEY.

La religión permite la realización espiritual de la fraternidad de los hombres, pero hace falta un gobierno humano que regule los problemas sociales, económicos y políticos, relacionados con ese objetivo de felicidad y eficiencia humanas.

Habrá guerras y rumores de guerras —las naciones se alzarán unas contra otras— mientras que la soberanía política del mundo esté dividida, e injustamente mantenida, entre las manos de un grupo de estados nacionales. Inglaterra, Escocia y Gales no acabaron de guerrear entre sí hasta que cedieron su respectiva soberanía al Reino Unido.

Otra guerra mundial enseñará a los así llamadas naciones soberanas a formar una federación de algún tipo, creando así las condiciones necesarias para prevenir las guerras menores, las guerras entre las naciones más pequeñas. Pero las guerras mundiales continuarán hasta que se cree el gobierno de la humanidad. La soberanía mundial es la única solución para prevenir las guerras mundiales —no hay otra salida.

Los cuarenta y ocho estados libres norteamericanos conviven en paz. Entre los ciudadanos de estos cuarenta y ocho estados se encuentran todas las diversas nacionalidades y razas que viven en los países europeos en pugna constante. Entre los norteamericanos se encuentran casi todas las religiones, sectas religiosas y cultos de todo el mundo, y sin embargo aquí en Norteamérica conviven en paz. Lo cual sucede simplemente porque estos cuarenta y ocho estados han renunciado a su soberanía, abandonando toda noción falaz del así llamado derecho a la autodeterminación.

No se trata de armamento o de desarme. Tampoco influyen sobre el problema del mantenimiento de la paz mundial, los factores correspondientes al servicio


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militar obligatorio o voluntario. Si le quitáis a las naciones poderosas todas las armas mecánicas modernas y todos los tipos de explosivos, pelearán con los puños, piedras y palos, mientras que persistan en la ilusión de su derecho divino a la soberanía nacional.

La guerra no es la gran y terrible enfermedad del hombre; la guerra es un síntoma, un resultado. La verdadera enfermedad es el virus de la soberanía nacional.

Las naciones de Urantia no han poseído una soberanía verdadera; no han tenido nunca una soberanía que las protegiera de los estragos y devastaciones de las guerras mundiales. Al crear un gobierno mundial de la humanidad, las distintas naciones no dejan su soberanía como tal, sino que crean en realidad una soberanía mundial verdadera y permanente, que de ahí en adelante podrá protegerlas de todas las guerras. Los asuntos locales serán manejados por los gobiernos locales; los asuntos nacionales, por los gobiernos nacionales; los asuntos internacionales serán administrados por el gobierno mundial.

No se puede mantener la paz mundial mediante tratados, diplomacia, política exterior, alianzas, equilibrio de poderes, ni por otras medidas paliativas basadas en las soberanías del nacionalismo. Una ley mundial debe ser creada y puesta en vigencia por un gobierno mundial —la soberanía de toda la humanidad.

Con el gobierno mundial, el individuo gozará de una libertad mucho mayor. Hoy en día, los ciudadanos de las grandes potencias están gravados, regulados y controlados casi opresivamente, y gran parte de esta interferencia corriente con la libertad individual se desvanecerá cuando los gobiernos nacionales estén dispuestos a depositar su soberanía, en lo que se refiera a los asuntos internacionales, en las manos del gobierno mundial.

Bajo un gobierno mundial, los distintos grupos nacionales tendrán una oportunidad auténtica de realizar y disfrutar la libertad personal inherente a una verdadera democracia. Habrá terminado la noción falaz de la autodeterminación. Con un control a nivel mundial del dinero y del comercio, llegará la nueva era de la paz mundial. Poco después surgirá posiblemente un idioma mundial, y existirá por lo menos la esperanza de que haya en algún momento una religión mundial —o bien religiones con un punto de vista mundial.

La seguridad colectiva nunca podrá garantizar la paz, hasta que la colectividad incluya a toda la humanidad.

La soberanía política de un gobierno representativo de la humanidad traerá una paz duradera en la tierra, y la fraternidad espiritual de los hombres asegurará para siempre la buena voluntad entre todos ellos. No existe otro camino para conseguir la paz en la tierra y la buena voluntad entre los hombres.

Después de la muerte de Cimboitón, sus hijos encontraron grandes dificultades para mantener la paz en el cuerpo docente. Las repercusiones de las enseñanzas de Jesús habrían sido mucho más grandes si los maestros cristianos que posteriormente se unieron al cuerpo docente de Urmia, hubieran manifestado más sabiduría y ejercido más tolerancia.

El hijo mayor de Cimboitón recurrió a Abner en Filadelfia, para que le ayudara; pero desafortunadamente los maestros que Abner eligió resultaron ser de carácter rígido e intransigente. Estos maestros procuraban hacer que su religión dominara sobre todas las otras creencias. Jamás sospecharon que las tan mentadas conferencias del conductor de caravanas habían sido dictadas por Jesús mismo.

Al aumentar la confusión dentro del cuerpo docente, los tres hermanos retiraron su apoyo financiero, y al cabo de cinco años esta academia fue cerrada.
Posteriormente volvió a abrir sus puertas como templo mitráico, el cual desapareció finalmente en un incendio como resultado de una de sus celebraciones orgiásticas.

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5. LA SOBERANÍA POLÍTICA



[Aunque la enseñanza del Maestro sobre la soberanía de Dios es una verdad — complicada solo por la subsiguiente aparición entre las religiones del mundo de la religión formada alrededor de su persona—, sus exposiciones sobre la soberanía política se vieron complicadas en gran manera por la evolución política de las divisiones nacionales durante los últimos mil novecientos y tantos años. En la época de Jesús había solamente dos grandes potencias mundiales: el Imperio Romano en el occidente, y el Imperio Han en el oriente, y estaban ampliamente separados por el reino de la Partia y otras tierras intermedias de las regiones caspiana y turquestaní. Por lo tanto, en la siguiente presentación nos hemos apartado aun más de la substancia de las enseñanzas del Maestro en Urmia relativas a la soberanía política, intentando al mismo tiempo describir la esencia de dichas enseñanzas en la medida en que sean aplicables a la etapa especialmente crítica de la evolución de la soberanía política en el siglo veinte después de Cristo.]

Las guerras en Urantia no han de acabar nunca mientras las naciones se afierren a las nociones ilusorias de ilimitada soberanía nacional. Tan sólo hay dos niveles de soberanía relativa en un mundo habitado: el libre albedrío espiritual del


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mortal como individuo y la soberanía colectiva de toda la humanidad. Entre el nivel del ser humano individual y el nivel de la humanidad total, todas las agrupaciones y asociaciones son relativas, transitorias y de valor, únicamente si mejoran el bienestar y el progreso del individuo y de la humanidad en conjunto —el hombre y la humanidad.

Los maestros religiosos deben recordar siempre que la soberanía espiritual de Dios está por encima de todas las lealtades espirituales interpuestas e intermedias. Algún día aprenderán los gobernantes civiles que los Altísimos son quienes gobiernan en los reinos de los hombres.

El reinado de los Altísimos en los reinos de los hombres, no es para el beneficio exclusivo de un grupo especialmente favorecido de mortales. No existe tal cosa como un «pueblo elegido». El reinado de los Altísimos, los supercontroladores de la evolución política, es un régimen formado con el objeto de fomentar el máximo bien, para el máximo número de hombres, y durante un tiempo de la máxima longitud.

La soberanía es poder, y crece mediante la organización. Dicho crecimiento de la organización del poder político es bueno y apropiado, porque tiende a abarcar segmentos cada vez mayores de toda la humanidad. Pero este mismo crecimiento de las organizaciones políticas crea un problema en cada etapa intermedia entre la organización inicial y natural del poder político —la familia— y la resultante final del crecimiento político —el gobierno de toda la humanidad, por toda la humanidad y para toda la humanidad.

Partiendo del poder paterno en el grupo familiar, la soberanía política evoluciona mediante la organización, a medida que las familias se van superponiendo en clanes consanguíneos que, por varias razones, se unen en unidades tribales —las agrupaciones políticas superconsanguíneas. De allí, mediante el comercio, el intercambio y la conquista, las tribus se unifican en naciones, y las naciones a veces se unen en un imperio.

A medida que la soberanía pasa de grupos más pequeños a grupos más grandes, las guerras disminuyen. Es decir que disminuyen las guerras menores entre naciones más pequeñas, mientras que aumenta el potencial de guerras más grandes en la medida en que las naciones que ejercen la soberanía se hacen más y más extensas. Finalmente, cuando todo el mundo haya sido explorado y ocupado, cuando los países sean pocos, fuertes y poderosos, cuando estas naciones grandes y supuestamente soberanas lleguen a tocarse en las fronteras, cuando sólo los océanos las separen, se habrá preparado el escenario para grandes guerras, conflictos mundiales. Las así llamadas naciones soberanas, no pueden rozarse sin generar conflictos y provocar guerras.

La dificultad en la evolución de la soberanía política, desde el núcleo familiar hasta la humanidad en bloque, yace en la inercia-resistencia que se observa en todos los niveles intermedios. Las familias desafían en ocasiones a su clan, en tanto que los clanes y las tribus a menudo estaban subversivos en cuanto a la soberanía del estado territorial. Cada evolución nueva y progresiva de la soberanía política se encuentra (y se ha encontrado siempre) estorbada y entorpecida por las «etapas de andamio» de las evoluciones anteriores en la organización política. Y esto ocurre porque la lealtad humana, una vez en movimiento, es difícil de cambiar. La misma lealtad que posibilita la evolución de la tribu, dificulta la evolución de la supertribu —el estado territorial. Y la misma lealtad (el patriotismo) que hace posible la evolución del estado territorial, complica enormemente el desarrollo evolutivo del gobierno de toda la humanidad.

La soberanía política se crea a partir de la renuncia a la autodeterminación, primero del individuo dentro del núcleo familiar, y luego de la familia y del clan dentro de la tribu y de las agrupaciones más grandes. Esta transferencia progresiva de la autodeterminación, desde las organizaciones políticas más pequeñas a las cada vez más grandes, ha seguido su curso prácticamente sin interrupciones en el


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Oriente, desde el establecimiento de las dinastías Ming y Mogol. En el Occidente siguió durante más de mil años hasta el fin de la Guerra Mundial, momento este en el que un desafortunado movimiento retrógrado revirtió temporalmente esta tendencia normal restableciendo la soberanía política sumergida de numerosos grupos pequeños de Europa.

Urantia no disfrutará de una paz duradera hasta que las llamadas naciones soberanas no cedan inteligente y plenamente sus poderes soberanos en las manos de la fraternidad de los hombres —el gobierno de la humanidad. El internacionalismo —las ligas de las naciones— no puede asegurar la paz permanente a la humanidad. Las confederaciones mundiales de las naciones podrán prevenir eficazmente las guerras menores, y podrán controlar de forma aceptable a las naciones más pequeñas, pero no pueden prevenir las guerras mundiales, ni controlar a los tres, cuatro o cinco gobiernos más poderosos. En presencia de un conflicto real, una de estas potencias mundiales se retirará de la Liga y declarará guerra. Es imposible evitar que las naciones entren en guerra mientras éstas estén infectadas con el virus engañoso de la soberanía nacional. El internacionalismo es un paso en la dirección adecuada. Una policía internacional podrá prevenir muchas guerras menores, pero no hará ningún efecto en la prevención de las guerras mayores, los conflictos entre los grandes gobiernos militares de la tierra.

A medida que disminuye el número de las naciones verdaderamente soberanas (grandes potencias), aumenta tanto la posibilidad como la necesidad del gobierno de la humanidad. Cuando existan tan sólo unas pocas (grandes) potencias realmente soberanas, éstas tendrán que embarcarse en una lucha a muerte por la supremacía nacional (imperial) o, mediante la renuncia voluntaria a ciertas prerrogativas de la soberanía, crearán el núcleo esencial de la potencia supernacional que marcará el comienzo de la verdadera soberanía de toda la humanidad.

No habrá paz en Urantia hasta que todas las naciones llamadas soberanas entreguen el poder de declarar la guerra en las manos de un gobierno representativo de toda la humanidad. La soberanía política es innata en los pueblos del mundo. Cuando todos los pueblos de Urantia creen un gobierno mundial, tendrán el derecho y el poder de hacer que dicho gobierno sea SOBERANO; y cuando esa potencia mundial representativa o democrática, controle las fuerzas terrestres, aéreas, y navales del mundo, la paz en la tierra y la buena voluntad entre los hombres podrán prevalecer, pero no hasta entonces.

Podemos utilizar una ilustración importante de los siglos diecinueve y veinte: los cuarenta y ocho estados de la unión federal norteamericana viven en paz desde hace mucho tiempo. Ya no hay guerras entre éstos. Han renunciado a su soberanía, entregándosela a un gobierno federal, y por medio del arbitraje en caso de guerra, abandonaron toda pretensión ilusoria de autodeterminación. Aunque cada uno de los estados regula sus asuntos internos, no se ocupa de las relaciones exteriores, tarifas, inmigración, asuntos militares, ni comercio interestatal. Tampoco se ocupan los estados individuales de los asuntos de la ciudadanía. Los cuarenta y ocho estados sufren los azotes de la guerra sólo cuando se encuentra en peligro la soberanía del gobierno federal.

Estos cuarenta y ocho estados, al abandonar el doble sofisma de la soberanía y la autodeterminación, disfrutan de paz y tranquilidad interestatal. Así comenzarán a disfrutar de la paz las naciones de Urantia, cuando renuncien libremente a su soberanía para confiársela a un gobierno mundial —la soberanía de la fraternidad de los hombres. En este estado mundial las naciones más pequeñas serán tan poderosas como las más grandes, así como el pequeño estado de Rhode Island tiene sus dos senadores en el Congreso norteamericano, al igual que el estado de Nueva York con su gran población, o que el estado de Texas con su gran territorio.


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La soberanía (estatal) limitada de estos cuarenta y ocho estados, fue instituida por los hombres y para los hombres. La soberanía superestatal (nacional) de la unión federal norteamericana fue creada por los primeros trece estados para su propio beneficio, y para el beneficio de los hombres. Del mismo modo las naciones crearán alguna vez la soberanía supernacional del gobierno planetario de la humanidad, para su propio beneficio y para el beneficio de todos los hombres.

Los ciudadanos no nacen para el beneficio de los gobiernos; los gobiernos son organizaciones creadas y concebidas para el beneficio de los hombres. La evolución de la soberanía política no puede sino terminar en la aparición del gobierno soberano de todos los hombres. Todas las demás soberanías son de valor relativo, de significado intermedio y de carácter subordinado.

Con el progreso científico, las guerras serán cada vez más devastadoras, hasta volverse prácticamente un suicidio racial. ¿Cuántas guerras mundiales habrán de librarse, cuántas ligas de naciones habrán de fracasar, para que el hombre esté dispuesto a establecer el gobierno de la humanidad, y empiece a disfrutar de las bendiciones de la paz permanente, y a recoger los frutos de la tranquilidad de la buena voluntad entre sí mismos —la buena voluntad mundial—.


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4. LA SOBERANÍA —DIVINA Y HUMANA




La fraternidad de los hombres está basada en la paternidad de Dios. La familia de Dios se deriva del amor de Dios —Dios es amor. Dios el Padre ama a sus hijos con un amor divino, a todos ellos.

El reino del cielo, el gobierno divino, se basa en el hecho de la soberanía divina: Dios es espíritu. Puesto que Dios es espíritu, este reino es espiritual. El reino del cielo no es material ni meramente intelectual; es un enlace espiritual entre Dios y el hombre.

Si las diferentes religiones reconocen la soberanía espiritual de Dios el Padre, todas estas religiones permanecerán en paz. Sólo cuando una religión supone que es, de alguna manera, superior a todas las otras y que posee autoridad exclusiva sobre las otras, dicha religión resulta ser intolerante con las otras religiones o se atreve a perseguir otros creyentes religiosos.

La paz religiosa —la fraternidad— no puede existir a menos que todas las religiones estén dispuestas a despojarse completamente de toda autoridad eclesiástica, y a renunciar plenamente a todo concepto de soberanía espiritual. Sólo Dios es el soberano espiritual.

No es posible que exista igualdad entre las religiones (libertad religiosa) sin guerras religiosas, a menos que todas las religiones consientan en transferir toda soberanía religiosa a un nivel sobrehumano, a Dios mismo.

El reino del cielo en el corazón de los hombres creará la unidad religiosa (no necesariamente la uniformidad), porque todos y cada uno de los grupos religiosos, compuestos de estos creyentes religiosos, estarán libres de toda noción de autoridad eclesiástica —soberanía religiosa.

Dios es espíritu, y Dios dispensa un fragmento de su ser espiritual para que resida en el corazón del hombre. Espiritualmente, todos los hombres son iguales. El reino del cielo no reconoce castas, clases, niveles sociales ni grupos económicos. Todos vosotros sois hermanos.

Pero en cuanto perdáis de vista la soberanía espiritual de Dios el Padre, alguna religión comenzará a afirmar su superioridad sobre las otras religiones; entonces, en lugar de paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres, habrá desacuerdo, recriminaciones, e incluso guerras religiosas, o por lo menos, guerras entre los religiosos.

Los seres que gozan de libre albedrío y que se consideran iguales, a menos que se reconozcan mutuamente como súbditos de una soberanía superior, de una autoridad que está por encima de todos ellos, tarde o temprano caen en la tentación de probar su capacidad para imponer su poder y autoridad sobre otras personas y grupos. El concepto de igualdad no conduce nunca a la paz, a menos que exista un reconocimiento mutuo de una influencia controladora de soberanía superior.

Los religiosos de Urmia vivían juntos en relativa paz y tranquilidad, porque habían renunciado completamente a toda noción de soberanía religiosa. Espiritualmente, todos ellos creían en un Dios soberano; socialmente, la autoridad plena e indiscutible residía en su presidente —Cimboitón. Todos sabían qué le pasaría al maestro que tuviera la presunción de dominar a sus colegas. No puede haber una paz religiosa duradera en Urantia hasta que todos los grupos religiosos renuncien libremente a toda noción de favor divino, de pueblo elegido y de soberanía religiosa. Sólo cuando se conciba a Dios el Padre como supremo, podrán los hombres llegar a ser hermanos religiosos, y a vivir juntos en paz religiosa sobre la tierra.

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domingo, 21 de marzo de 2010


El Padre Universal


(21.1) 1:0.1 EL Padre Universal es el Dios de toda la creación, la Primera Fuente y Centro de todas las cosas y todos los seres.
Pensad primero en Dios como creador, luego, como controlador, y finalmente, como sustentador infinito.
La verdad sobre el Padre Universal había comenzado a alborear sobre la humanidad cuando el profeta dijo:
«Tú solo eres Dios; no hay nadie sino tú. Tú hiciste el cielo y el cielo de los cielos, con todo su ejército;
tú los preservas y los controlas. Por los Hijos de Dios fueron hechos los universos.


El Creador se cubre de luz como de vestidura y extiende los cielos como una cortina».
Sólo el concepto del Padre Universal
un solo Dios en lugar de muchos dioses— permitió al hombre mortal comprender al Padre como creador divino y controlador infinito.

(21.2) 1:0.2 Las miríadas de sistemas planetarios se formaron para que finalmente las habitaran muchos tipos diferentes de criaturas inteligentes,
seres que pudieran conocer a Dios, recibir el afecto divino, y amarle a su vez.
El universo de universos es la obra de Dios y la morada de sus diversas criaturas.
«Dios creó los cielos y formó la tierra; estableció el universo y no creó este mundo en vano; para que fuera habitado lo creó».

(21.3) 1:0.3 Todos los mundos esclarecidos reconocen y adoran al Padre Universal, el hacedor eterno y sustentador infinito de toda la creación.
Las criaturas volitivas de universo tras universo han emprendido el largo, muy largo, viaje al Paraíso,
que es el desafío fascinador de la aventura eterna de llegar a Dios el Padre.
La meta trascendente de los hijos del tiempo es encontrar al Dios eterno, comprender la naturaleza divina,
reconocer al Padre Universal. Las criaturas que conocen a Dios tienen una sola ambición suprema, un solo ardiente deseo,
y ése es llegar —como son en sus esferas— a ser semejantes a como es él en su perfección paradisiaca de personalidad y
en su esfera universal de supremacía recta. Del Padre Universal que habita la eternidad ha emanado el mandato supremo:
«Sed vosotros perfectos, así como yo soy perfecto». En amor y misericordia,
los mensajeros del Paraíso han llevado esta exhortación divina a través de las edades y a través de los universos,
aún hasta llegar a las criaturas tan bajas de origen animal como lo son las razas humanas de Urantia.

(22.1) 1:0.4 Este magnífico mandato universal de esforzarse por alcanzar la perfección de la divinidad es el deber principal,
y debería ser la más alta ambición, de toda la creación de criaturas forcejeantes del Dios de perfección.
Esta posibilidad de alcanzar la perfección divina es el destino final y certero de todo progreso espiritual eterno del hombre.

(21.2) 1:0.5 Los mortales de Urantia dificilmente pueden esperar ser perfectos en el sentido infinito,
pero es enteramente posible para los seres humanos, que comienzan como lo hacen en este planeta, alcanzar la meta excelsa y divina que el Dios infinito ha puesto para el hombre mortal; y cuando alcancen este destino estarán, en todo lo que corresponde a la autorrealización y alcance de la mente, tan pletóricos en su esfera de perfección divina como Dios mismo lo está en su esfera de infinidad y eternidad. Puede que tal perfección no sea universal en el sentido material, ni ilimitada en comprensión intelectual, ni final en experiencia espiritual, pero es final y completa en todos los aspectos finitos de divinidad de voluntad, perfección de motivación de personalidad, y conciencia de Dios.

(22.3) 1:0.6 Éste es el verdadero significado de ese mandato divino:
«Sed perfectos, así como yo soy perfecto»,
que insta constantemente al hombre mortal hacia adelante y le atrae hacia adentro en esa larga
y fascinadora lucha por alcanzar niveles cada vez más elevados de valores espirituales y auténticos significados de universo.
Esta sublime búsqueda del Dios de los universos es la aventura suprema de los habitantes de todos los mundos del tiempo y el espacio.

martes, 21 de julio de 2009

EL SENTIDO DE DIOS.

¿Cómo se le explica a un ciego de nacimiento la diferencia entre un color y otro? Más importante aún, ¿cómo explicar la sensación que uno experimenta al ver una obra maestra, o un hermoso paisaje, el mar en día de tormenta, un paisaje nevado en invierno? Igualmente, es imposible describir la belleza de una cantata de Bach, o una sinfonía de Beethoven a un sordo, o expresar en palabras lo que siente un niño al escuchar la canción de cuna de su madre.

Para apreciar el arte o la naturaleza, se precisa el sentido de la vista. Para entender la belleza de la música hay que ser capaz de escucharla con el sentido del oído.

¿Cuál sentido tenemos que nos permita sentir a Dios?

Si todas las cosas que mencioné recién son imposibles de describir, ¿cuánto más imposible será expresar la naturaleza, las cualidades o las intenciones de Dios? No tenemos el lenguaje capaz de expresar lo inefable. No tenemos ese sentido que nos abra el camino para comprender lo divino.


Es por eso que los místicos tienen dificultad en relatar sus experiencias, se ven obligados a emplear toda clase de metáforas, parábolas, alusiones para transmitir sus vivencias. Hablan de la luz, el infinito (el eyn sof de los cabalistas), o le atribuyen cualidades humanas a Dios, tales como compasión, ira, misericordia, cualidades que podemos comprender, poder, conocimiento, tiempo, y decimos que Dios es eterno, cuando en realidad Dios está fuera del tiempo, y el tiempo es irrelevante con respecto a Dios.

El espacio es irrelevante concerniente a Dios. Cada una de las cualidades físicas o morales que podamos concebir no tienen realidad en la esfera en la que Dios existe.


Los Cabalistas adoptaron la metáfora de las diez Sefirot, las emanaciones o aspectos o herramientas de Dios. Para que el universo exista, los ilimitado tiene que transformarse en limitado, contraerse, por lo menos parcialmente, lo intemporal se torna en sujeto al tiempo, y todas las cualidades que la mente humana es capaz de concebir pueden ser creadas, separadas de la vastedad del infinito.


Viviendo dentro de los límites de espacio-tiempo, nuestra mente es incapaz de alcanzar más allá de esta realidad, así como los esclavos en la caverna descrita por Platón no podían ver el mundo real, sólo sombras proyectadas en el muro. Sin embargo, por la existencia de dichas sombras, los esclavos podían llegar a la conclusión de la existencia de algo más.

Esta misma conclusión podemos deducir de nuestro universo de espacio-tiempo, y concluir que tiene que existir algo distinto, más allá de nuestras tres dimensiones, mucho más vasto, inimaginable, intemporal.







POR . Leon Zeldis