jueves, 16 de julio de 2009

Tratar de describir a Dios


Algunos pensadores opinan que una persona racional, cuya visión del mundo está basada en hechos científicos, no puede aceptar la existencia de un ser superior, omnipotente, omnisapiente, conocido con el nombre de Dios.

Primero, la naturaleza de Dios no puede ser descrita ni imaginada por la mente humana. Para dar un ejemplo, no somos capaces de concebir el infinito. Piensa un momento en el espacio que se extiende, se extiende y se sigue extendiendo, ¿hasta donde? ¿Qué hay más allá, donde termina?

Lo mismo sucede con el tiempo. ¿Podemos acaso concebir el fin del pasado, o el límite del futuro? Dios no está limitado por estos conceptos, está más allá de toda definición (de-finir es poner un fin, delimitar) y por lo tanto no le podemos asignar propiedades o cualidades que conocemos en nuestro mundo material, cualidades como sabiduría, fuerza, compasión, justicia, etc.

El nombre mismo, Dios, es simplemente una metáfora para designar algo que es fundamentalmente incomprensible. En la Biblia está escrito que cuando Moisés habla con Dios y le pregunta su nombre, la respuesta que recibe es "Soy lo que soy" (en hebreo: Ehyié asher ehyié). Es decir, Dios es como es y no tiene nombre, no tiene definición. Los judíos al rezar se refieren a Dios como "Hashem", el Nombre, es decir, el nombre que no conocemos.
Darle nombre a algo o alguien es ponerlo dentro de ciertos límites: Esto es un libro y ninguna otra cosa.

Y si es un libro, posee todas las características de los libros. Los pueblos primitivos creían que el nombre de la persona está ligado a su alma. Conocer su nombre es adquirir cierto poder sobre su alma, así que esconden sus nombres, o usan un seudónimo, un nombre ficticio para no revelar su verdadero nombre. Algunas tribus ejecutan ceremonias de iniciación, en las que el neófito recibe un nuevo nombre, que debe ser usado de forma discreta.

Es presuntuoso tratar de aherrojar a la divinidad asignándole cualidades, ya sean positivas o negativas. Todos tales intentos de humanizar a Dios están condenados al fracaso, la contradicción y la irracionalidad. En un capítulo anterior nos hacíamos la pregunta, de ¿cómo un Dios justo, todopoderoso y misericordioso puede permitir todos los horribles hechos que presenciamos cada día, los crímenes, tragedias, la maldad y la locura fratricida triunfantes?

Todo esto resulta de asignarle características humanas a Dios, cuando debiéramos darnos cuenta que Dios actúa en un plano que no podemos comprender, que
no tiene nada que ver con nuestras ideas de justicia, misericordia, etc.
¿Es esta revelación causa de desesperación? ¿Hay que levantar las manos y decidir que, si no podemos entender la lógica del mundo, actuemos únicamente en nuestro propio beneficio sin importarnos los resultados? ¡Ciertamente no!

Veamos algunas ideas que exploraremos en más detalle posteriormente. El hecho que el mundo tiene orden y no caos demuestra un propósito, un último destino. El hecho que la evolución ha resultado en el origen de la especie humana, que hemos desarrollado el lenguaje, y que tenemos capacidad de pensar acerca de Dios, de sentir el amor de Dios y nuestro amor por Dios, todos estos hechos nos hacen confiar que no somos juguetes del destino ciego. Todo lo que sucede tiene un propósito, aunque no lo podamos descubrir en el momento. Quizás nunca podremos llegar a él, pero el objetivo ciertamente existe.

No tenemos que estar en la cumbre de una montaña para saber que desde allí podemos ver lejos en un día claro. La montaña está allí, así como el horizonte, a pesar que no lleguemos jamás a pisar la cima.

Por: Leon Zeldis

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