jueves, 29 de julio de 2010

6. LA LEY, LA LIBERTAD Y LA SOBERANÍA



El hombre que ansía la libertad, la libertad completa, debe recordar que todos los demás hombres también la anhelan. Los grupos de mortales amantes de la libertad, no pueden convivir en paz a menos que los integrantes se sometan a leyes, normas y reglamentaciones que garanticen el mismo grado de libertad para cada uno de ellos, salvaguardando al mismo tiempo igual grado de libertad para todos sus semejantes. Si un hombre es absolutamente libre, entonces otro habrá de ser un esclavo absoluto. La relativa naturaleza de la libertad es verdadera, social, económica y políticamente. La libertad es el don de la civilización, hecho posible por el vigor de la LEY.

La religión permite la realización espiritual de la fraternidad de los hombres, pero hace falta un gobierno humano que regule los problemas sociales, económicos y políticos, relacionados con ese objetivo de felicidad y eficiencia humanas.

Habrá guerras y rumores de guerras —las naciones se alzarán unas contra otras— mientras que la soberanía política del mundo esté dividida, e injustamente mantenida, entre las manos de un grupo de estados nacionales. Inglaterra, Escocia y Gales no acabaron de guerrear entre sí hasta que cedieron su respectiva soberanía al Reino Unido.

Otra guerra mundial enseñará a los así llamadas naciones soberanas a formar una federación de algún tipo, creando así las condiciones necesarias para prevenir las guerras menores, las guerras entre las naciones más pequeñas. Pero las guerras mundiales continuarán hasta que se cree el gobierno de la humanidad. La soberanía mundial es la única solución para prevenir las guerras mundiales —no hay otra salida.

Los cuarenta y ocho estados libres norteamericanos conviven en paz. Entre los ciudadanos de estos cuarenta y ocho estados se encuentran todas las diversas nacionalidades y razas que viven en los países europeos en pugna constante. Entre los norteamericanos se encuentran casi todas las religiones, sectas religiosas y cultos de todo el mundo, y sin embargo aquí en Norteamérica conviven en paz. Lo cual sucede simplemente porque estos cuarenta y ocho estados han renunciado a su soberanía, abandonando toda noción falaz del así llamado derecho a la autodeterminación.

No se trata de armamento o de desarme. Tampoco influyen sobre el problema del mantenimiento de la paz mundial, los factores correspondientes al servicio


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militar obligatorio o voluntario. Si le quitáis a las naciones poderosas todas las armas mecánicas modernas y todos los tipos de explosivos, pelearán con los puños, piedras y palos, mientras que persistan en la ilusión de su derecho divino a la soberanía nacional.

La guerra no es la gran y terrible enfermedad del hombre; la guerra es un síntoma, un resultado. La verdadera enfermedad es el virus de la soberanía nacional.

Las naciones de Urantia no han poseído una soberanía verdadera; no han tenido nunca una soberanía que las protegiera de los estragos y devastaciones de las guerras mundiales. Al crear un gobierno mundial de la humanidad, las distintas naciones no dejan su soberanía como tal, sino que crean en realidad una soberanía mundial verdadera y permanente, que de ahí en adelante podrá protegerlas de todas las guerras. Los asuntos locales serán manejados por los gobiernos locales; los asuntos nacionales, por los gobiernos nacionales; los asuntos internacionales serán administrados por el gobierno mundial.

No se puede mantener la paz mundial mediante tratados, diplomacia, política exterior, alianzas, equilibrio de poderes, ni por otras medidas paliativas basadas en las soberanías del nacionalismo. Una ley mundial debe ser creada y puesta en vigencia por un gobierno mundial —la soberanía de toda la humanidad.

Con el gobierno mundial, el individuo gozará de una libertad mucho mayor. Hoy en día, los ciudadanos de las grandes potencias están gravados, regulados y controlados casi opresivamente, y gran parte de esta interferencia corriente con la libertad individual se desvanecerá cuando los gobiernos nacionales estén dispuestos a depositar su soberanía, en lo que se refiera a los asuntos internacionales, en las manos del gobierno mundial.

Bajo un gobierno mundial, los distintos grupos nacionales tendrán una oportunidad auténtica de realizar y disfrutar la libertad personal inherente a una verdadera democracia. Habrá terminado la noción falaz de la autodeterminación. Con un control a nivel mundial del dinero y del comercio, llegará la nueva era de la paz mundial. Poco después surgirá posiblemente un idioma mundial, y existirá por lo menos la esperanza de que haya en algún momento una religión mundial —o bien religiones con un punto de vista mundial.

La seguridad colectiva nunca podrá garantizar la paz, hasta que la colectividad incluya a toda la humanidad.

La soberanía política de un gobierno representativo de la humanidad traerá una paz duradera en la tierra, y la fraternidad espiritual de los hombres asegurará para siempre la buena voluntad entre todos ellos. No existe otro camino para conseguir la paz en la tierra y la buena voluntad entre los hombres.

Después de la muerte de Cimboitón, sus hijos encontraron grandes dificultades para mantener la paz en el cuerpo docente. Las repercusiones de las enseñanzas de Jesús habrían sido mucho más grandes si los maestros cristianos que posteriormente se unieron al cuerpo docente de Urmia, hubieran manifestado más sabiduría y ejercido más tolerancia.

El hijo mayor de Cimboitón recurrió a Abner en Filadelfia, para que le ayudara; pero desafortunadamente los maestros que Abner eligió resultaron ser de carácter rígido e intransigente. Estos maestros procuraban hacer que su religión dominara sobre todas las otras creencias. Jamás sospecharon que las tan mentadas conferencias del conductor de caravanas habían sido dictadas por Jesús mismo.

Al aumentar la confusión dentro del cuerpo docente, los tres hermanos retiraron su apoyo financiero, y al cabo de cinco años esta academia fue cerrada.
Posteriormente volvió a abrir sus puertas como templo mitráico, el cual desapareció finalmente en un incendio como resultado de una de sus celebraciones orgiásticas.

Página 1492 L.U

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